
Podíamos presumirlo intuitivamente, porque si come más el que tenemos más cerca... algo se nos pegará. Pero la cosa no es tan sencilla ni depende sólo de la alimentación. Están también los factores genéticos.
La prestigiosa revista médica The New England Journal of Medicine publica en su último volumen un estudio de los doctores Nicholas A. Christakis y James H. Fowler que parte de un hecho: en los últimos 32 años, el número de personas obesas ha pasado del 23% al 31% en Estados Unidos, donde se considera que hasta un 66% de los adultos tienen sobrepeso.
Su investigación pretendía descubrir, mediante un examen de los 12.067 casos de obesidad recogidos por el Framingham Heart Study (un seguimiento oficial de enfermedades del corazón llevado a cabo en Framingham, Massachusetts, desde 1948, de gran influencia en el control de las dolencias cardiacas), si el hecho de que una persona gane peso repercute en que lo ganen sus amigos, hermanastros, cónyuges o vecinos.
Y las conclusiones son inapelables: en un periodo de tiempo dado, la posibilidad de que una persona se convirtiese en obesa aumentaba en un 57% si un amigo alcanzaba también la obesidad; curiosamente, entre hermanastros (con una genética común por padre o madre), esa posibilidad no era tan elevada, quedándose en el 40%; y entre cónyuges era aún menor, el 37% (quizá porque en ningún sitio se aprecia como en casa la curvita de la felicidad, y eso hace reflexionar a la pareja). Entre vecinos no se encontró ningún incremento de riesgo significativo.
Así que no hay más que hablar: vigile lo que comen sus amigos, porque de ellos nos viene principalmente el "virus".
fuente: Semana Digital